La Zona Arqueológica de Tulum, la escala perfecta entre el mar y el cielo

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Los vestigios del pasado además de ser una ventana para reconstruir los sucesos antiguos son siempre lugares destacados para repensar nuestra realidad. ¿Qué sería de nosotros si unos caballeros barbados, montados en caballos y con mosquetes asesinos no hubieran llegado a invadir este hermoso territorio? ¿A caso seguiríamos construyendo esas joyas arquitectónicas a la orilla del mar? 

Las preguntas se acumulan por montones en mi cabeza, quizá es una reflexión que habrán tenido muchos, aunque sea de manera esporádica, sin embargo, esas reflexiones son derretidas por el intenso calor veraniego que se esparce por toda la región de la Península de Yucatán, para ser más precisos en el estado de Quintana Roo y en el municipio de Tulum, donde ahora estamos caminando para conocer lo que queda de este asentamiento maya.

Pensar que este sitio que antaño se llamaba “Zamá” (mañana o amanecer en maya) y que hace no tanto se le bautizara como su nombre actual que significa “muralla” por el cercado que aún se conserva, hoy en día es una de las grandes atracciones del llamado Mundo Maya, que todos los días recibe cientos de visitantes y poco a poco nos damos cuenta del motivo de su gran fama. Estamos seguros de que los poco más de 60 kilómetros que recorrimos desde Playa del Carmen en prácticamente una hora de camino, valdrán la pena. 

Para comenzar, entramos por una puerta hecha con un arco maya, que nos permite superar la muralla que la denomina. Luego de un divertido recorrido de unos 800 metros desde el estacionamiento en una especie de tren jalado por una camioneta, hasta la zona de la taquilla, bajamos del transporte y quedamos expuestos al intenso sol de las 10 de la mañana, que se ensaña con nosotros, aunque traemos bloqueador, agua, gorra y hasta repelente de mosquitos orgánico, porque quienes ya vinieron, me han dado la recomendación de prevenirme contra los mosquitos, que según ellos abundan, aunque según yo, desde el estacionamiento comenzaron a atacarnos, aunque afortunadamente el repelente nos ayuda bastante.

Kary ingresa antes que yo, porque están revisando mi credencial docente para exentarme el pago, una de las prestaciones de ser profesor en este bello país. La entrada es una gran palapa por la que corre el viento muy rico, al grado de bajar unos cuantos grados la temperatura ambiente, sin embargo, al mirar a Kary, la imagino cual paleta de hielo expuesta al Astro Rey. La humedad es altísima y al tocar mi frente, me doy cuenta, que somos un par de paletas, en pleno proceso de derretimiento.

Unos pasos más adelante y rebasamos la muralla, lo cual nos permite presenciar el esplendor de Tulum. Hasta donde pueden ver nuestros ojos alcanzan a percibir piedras acomodadas en forma de edificaciones piramidales, algunas triangulares, otras circulares, pero todo impresionante. El Castillo -así llamado- es la construcción más alta de la zona, decorada con serpientes y lo que se llaman dos mascarones, simplemente impactante.

Caminar y caminar nos deja ver detalles curiosos, como el asunto de que el prácticamente todas las edificaciones, que por cierto está protegidas con un barandal de alerta, tienen habitantes peculiares. Me refiero a iguanas, que a lo largo de la Zona Arqueológica se pueden observar por montones, sin que esto les provoque mayor recelo, pues se muestran naturales ante el turismo que visita Tulum. 

Caminamos en ascenso y llegamos a un punto del cual vale mucho la pena tomar una fotografía, el lugar que habíamos visto en muchas fotografías, donde se puede observar el Caribe y su espectacular azul turquesa recorrer cauteloso el panorama hasta llegar a la orilla, para propiciar un sonido relajante y emancipador, que permite al visitante hipnotizarse unos segundos y olvidarse del tremendo calor que, la caminata y el ambiente han dejado en sus cuerpos.

Una escalera de madera permite bajar al nivel del mar para sentir un poco de refresco en las olas del mar. Los colores son tan intensos, tan hermosos, que etiquetarlos con cualquier otro calificativo sería un crimen, ni las fotografías le hacen justicia a la belleza que puede entrar por los ojos, aunque las fotos son irresistibles y decidimos tomar algunas, entre el mar y el celo, porque justo ahí se encuentra la Zona Arqueológica de Tulum. 

Sin pensarlo nos quedamos en trajes de baño y saltamos encima de la primera ola que llega a la orilla. La sensación es fastuosa, pensaba que generaría vapor al contacto con el agua, pero no, solo me refresqué y de qué manera. Kary sale del mar con la misma impresión y bebemos un poco de agua para rehidratarnos y comenzar el camino de vuelta. 

Debemos volver primero al estacionamiento, así que habrá que recorrer de vuelta la Zona Arqueológica, luego el trenecito y finalmente a Playa del Carmen, aunque es muy cierto que valió la pena el recorrido en el intenso sol por vivir esta extraordinaria experiencia. 

Un lugar fabuloso para explorar el pasado y experimentar el presente.  

Recuerde que viajar es un deleite y más cuando se hace en compañía. Lo espero en la próxima Crónica Turística y lo invito a que me siga en las redes sociales a través de Twitter en @Cinematgrafo04, en Facebook con “distraccionuniversitaria” y mi correo electrónico para cualquier comentario o sugerencia trejohector@gmail.com 

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