“La forma del agua”, otra genialidad de Del Toro

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Por Héctor Trejo S.

Con Guillermo del Toro sabemos que cada filme, cada programa de televisión, cada corto suyo, es un deleite narrativo y visual y, “La forma del agua” además resulta un deleite a la imaginación, a lo inesperado y una oda al sentimentalismo, expresado de una manera conservadora y sutil, sin caer en desquiciantes muestras de melosidad o como dijo el propio director, “optimista”.

Así es “La forma del agua”, una mezcla entre filmes de monstruos y seres humanos que dejan todo para complacer al mundo. Al final un delirante cuento de esos que les gustan a las niñas pequeñas, pero con personajes complejos que le gustan a los adultos, cuyo resultado es simplemente fantástico, como el género que abandera.

El filme nos remonta al lejano 1963 en Baltimore, con el telón de la Guerra Fría, cuando un laboratorio secreto del gobierno está experimentando con los seres vivos consiguiendo crear un mutante que vive en el agua, ahí, una sordomuda llamada Elisa (Sally Hawkins), que se dedica a la limpieza en el lugar y su compañera de trabajo Zelda (Octavia Spencer) descubren a la criatura.

El sentimentalismo se apodera de la historia, cuando Elisa se comunica y fortalece su relación con el mutante, quien deja ver el lado humano que aún le queda y nos deja un mensaje de empatía con el mundo animal. La criatura es sometida a graves torturas y el mensaje de Del Toro es más que evidente en repudio al maltrato animal. 

Ese argumento, palabras más, palabras menos, nos hace pensar en el tradicional cuento francés de “La bella y la bestia” (La Belle et la Bête), al consolidar esa relación entre La criatura y Elisa. Quizá eso mismo sea un elemento en contra del mismo filme, pues los puristas querrán debatir el sentido de una relación entre un monstruo y un ser humano, mi reflexión… solo es un largometraje.

 

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