¡Hasta que los muertos fueron nuestros!

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Ya hemos leído infinidad de veces qué es un virus y cómo actúa el SARS- CoV-2, nos contaban las historias de pasillos en la que referían que nuestro vecino, su vecino, su amigo, su abuelito, su papá habían muerto, pero nunca imaginamos que llegaría a tocar nuestros círculos más cercanos.

Y es ahí donde entendimos, donde comprendimos, donde vimos la cruda realidad que ya han pasado miles y miles de familias, pero bien lo leíamos no habríamos de entenderlo hasta que los muertos fueran nuestros.

Nunca supimos de dónde llego, si al salir, si al tomar dinero, si al bajar unos segundos el cubrebocas mientras tomábamos agua, ese será el enigma que jamás descubriremos. 

Y de pronto esas familias que pasan por este terrible virus, entran en desesperación, los costos son muy altos, los hospitales están saturados, no hay tanques de oxígeno, no hay cura y nos preguntamos viendo hacia el cielo: 

¿Cómo se mata este maldito virus?, ¿cómo lo sacamos del cuerpo que nos dio la vida?, ¿cómo se abraza a la distancia?, ¿cómo tendemos la mano si ni siquiera la podemos tomar?.

Pasan tan solo unos días de enorme desesperación hasta que llega la llamada que jamás queremos escuchar, nuestro ser querido a dejado de respirar.

El cuerpo se te pone helado, los pensamientos se te nublan, en nuestros ojos inmediatamente corren lágrimas, corremos al hospital para llenar documentos que al menos para nosotros no tienen sentido, mientas el teléfono no deja de sonar. 

Al abrir los ojos al día siguiente las imágenes ahí están, el recuerdo, el resoplo de sus palabras, todo muy cerca pero tan lejos que nos deja un profundo dolor en el pecho, no queremos ver más mensajes de condolencias, queremos tenerlo a él o a ella aunque sea aunque sea un minutos más. 

Pero el viaje es tan corto…

En memoria de un gran amigo que ya nos observa desde el cielo.

 

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